Los desafíos de América Latina ante la rivalidad entre las grandes potencias
En un debate en la Fundação FHC, Andrés Velasco sostuvo que, en un mundo profundamente inestable, América Latina debe evitar alineamientos automáticos, fortalecer la integración y diversificar sus alianzas.
El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una etapa de profunda inestabilidad. Estados Unidos —durante décadas la principal potencia militar y económica del mundo, garante de la seguridad internacional y referente de la democracia liberal— ya no parece dispuesto a desempeñar el papel estabilizador que asumió durante buena parte del siglo XX.
En este nuevo escenario, en el que “la potencia hegemónica se ha vuelto depredadora”, los países latinoamericanos deberían fortalecer la integración regional, diversificar sus alianzas estratégicas y evitar una dependencia excesiva de cualquier gran potencia, sostuvo Andrés Velasco.
Durante un seminario organizado por la Fundação FHC en São Paulo el 9 de abril, Velasco defendió que América Latina profundice la integración regional —incluidos mecanismos como Mercosur—, fortalezca los vínculos entre los países de la región y amplíe sus relaciones con economías emergentes de Asia, Oriente Próximo y África.
Al mismo tiempo, advirtió contra la idea de convertir a China en un sustituto de Estados Unidos. China ya es el principal socio comercial de la mayoría de los países sudamericanos y sigue ampliando sus inversiones en infraestructura, energía y tecnología. Pero, según Velasco, una mayor relación económica con Pekín no debería traducirse en un alineamiento geopolítico automático.
“Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el gran águila que antes vigilaba el mundo se ha convertido en un depredador”, afirmó Velasco, citando la definición del politólogo Stephen Walt sobre Estados Unidos como una “potencia hegemónica depredadora”.
Velasco, que fue ministro de Hacienda de Chile entre 2006 y 2010 y actualmente dirige la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science, sostuvo que la transformación en curso en Estados Unidos va mucho más allá de Trump.
“Lo que ocurre hoy en Estados Unidos no tiene que ver solo con un presidente”, afirmó. “Refleja una ruptura cultural más profunda con el orden internacional que el propio país ayudó a construir durante los últimos 80 años”.
La invasión rusa de Ucrania y la creciente inestabilidad en Oriente Próximo, añadió, han acelerado un cambio más amplio en la política global, en el que la fuerza militar, la autonomía tecnológica y la resiliencia económica han vuelto al centro de la escena.
“La política internacional ha vuelto a exigir músculo”, dijo.

Una definición más amplia de la seguridad
Velasco organizó su análisis en torno a tres dimensiones de la seguridad que, a su juicio, marcarán cada vez más las relaciones internacionales: la física, la económica y la tecnológica.
La primera es la seguridad física. El rearme europeo tras la invasión rusa de Ucrania ilustra cómo la capacidad militar ha vuelto a ocupar un lugar central en la estrategia geopolítica. Pero el desafío va más allá del aumento del gasto en defensa. También implica acceder a tecnologías estratégicas —como satélites, sistemas de comunicación o ciberseguridad— sin generar nuevas dependencias respecto a Washington o Pekín.
En América Latina, añadió, la seguridad física también incluye la lucha contra el crimen organizado, un fenómeno transnacional que afecta especialmente a la región.
La segunda dimensión es la seguridad económica. Según Velasco, muchas de las premisas asociadas a la globalización han dejado de ser válidas. El acceso a mercados, cadenas de suministro y financiación se ha vuelto más vulnerable a tensiones geopolíticas y decisiones políticas.
“El acceso a los mercados ya no está garantizado”, afirmó. “Tampoco lo está el acceso a insumos críticos”.
La competencia por recursos energéticos y minerales estratégicos —fundamentales para sectores como los semiconductores, las baterías o la inteligencia artificial— ocupa un lugar cada vez más central en la economía global.
La tercera dimensión es la seguridad tecnológica, que Velasco considera quizá la más decisiva a largo plazo. Gobiernos, empresas e infraestructuras críticas dependen crecientemente de sistemas de almacenamiento en la nube controlados en gran medida por empresas tecnológicas estadounidenses, mientras que Estados Unidos y China dominan el desarrollo de la inteligencia artificial avanzada.
“Si esos dos países deciden excluir al resto de estas tecnologías, habrá muy poco que los demás puedan hacer”, advirtió.

El dilema estratégico latinoamericano
Este nuevo escenario geopolítico, sostuvo Velasco, obliga a América Latina a afrontar un delicado equilibrio.
Un alineamiento automático con alguna de las grandes potencias puede ofrecer ventajas de corto plazo, pero también genera vulnerabilidades.
“Ser amigo de un depredador no es muy seguro”, afirmó.
Al mismo tiempo, añadió, una neutralidad estricta puede resultar difícil de sostener en un mundo cada vez más marcado por rivalidades geopolíticas, disputas comerciales y fragmentación tecnológica.
Por ello, Velasco defendió que los países latinoamericanos amplíen su margen de maniobra mediante la diversificación de alianzas y una mayor coordinación regional, evitando una dependencia excesiva de cualquier potencia.
“Podemos tener más de un amigo”, afirmó.
También advirtió contra la posibilidad de transformar el grupo BRICS en una alianza geopolítica rígida. A su juicio, el bloque funciona hoy más como una plataforma de influencia —especialmente para China y Rusia— que como un verdadero mecanismo de integración económica o tecnológica.
Más allá de la política exterior, Velasco sostuvo que las mayores fragilidades de América Latina siguen siendo internas. El crecimiento de la productividad permanece estancado en buena parte de la región, la innovación es insuficiente y la distancia respecto a la frontera tecnológica mundial continúa ampliándose.
“Brasil y México crecen más lentamente que las economías desarrolladas”, afirmó. “Eso contradice la lógica de convergencia”.
Uno de los principales obstáculos, dijo, es la débil relación entre universidades y sector productivo. Los países capaces de sostener un crecimiento de largo plazo suelen construir ecosistemas de innovación en los que investigación académica, inversión privada y coordinación estatal se refuerzan mutuamente.
Diversificación y pragmatismo
Ante la creciente incertidumbre global —marcada por tensiones geopolíticas, presiones inflacionarias, rivalidad tecnológica y dudas sobre la sostenibilidad de ciertas valoraciones financieras—, Velasco defendió una estrategia basada en el pragmatismo y la diversificación.
“Como no sabemos qué va a pasar, debemos actuar con prudencia”, afirmó.
Eso implica ampliar alianzas, fortalecer los vínculos dentro de América Latina y buscar acuerdos más allá del eje tradicional entre Estados Unidos y China. Velasco señaló el acuerdo entre Mercosur y la Unión Europea, una mayor integración regional y vínculos más estrechos con India como posibles alternativas estratégicas.
“Si uno de mis socios se comporta mal, necesito otros socios”, resumió.
El “Consenso de Londres”
Velasco también abordó lo que definió como el emergente “Consenso de Londres”, un intento todavía en formación de replantear los marcos de política económica en un mundo marcado por la fragmentación geopolítica y el aumento de los riesgos sistémicos.
A diferencia del Consenso de Washington de los años noventa, centrado en reformas de mercado, el nuevo enfoque otorga mayor importancia a la resiliencia, la autonomía estratégica y el papel del Estado para amortiguar shocks económicos. Al mismo tiempo, mantiene el respaldo a la independencia de los bancos centrales y a la disciplina fiscal.
Más que un conjunto cerrado de recetas, sostuvo Velasco, este nuevo enfoque refleja la creciente percepción de que la eficiencia económica, por sí sola, ya no basta en un mundo cada vez más condicionado por cuestiones de seguridad.
Para América Latina, concluyó, las implicaciones son claras. Las economías avanzadas ya están reorganizándose ante las nuevas realidades geopolíticas y tecnológicas. Si la región no actúa, corre el riesgo de volver a quedar al margen de las grandes transformaciones globales en lugar de contribuir a moldearlas.
“Una Europa fuerte es importante no solo para los europeos, sino para el equilibrio del mundo”, afirmó Velasco hacia el final del encuentro.
Al cerrar el seminario, Celso Lafer, presidente de la Fundação FHC, sostuvo que Brasil y Europa siguen compartiendo valores democráticos y afinidades políticas que pueden servir de base para una cooperación más estrecha en un contexto internacional cada vez más inestable.
Recordando una idea del expresidente Fernando Henrique Cardoso, Lafer afirmó que América del Sur representa “otro Occidente”: un espacio que comparte con Europa no solo intereses económicos, sino también una concepción más amplia de la democracia, el pluralismo y la vida en sociedad.
Otávio Dias es editor de contenidos de la Fundação FHC. Periodista especializado en política y asuntos internacionales, fue corresponsal de Folha de S.Paulo en Londres y editor del sitio web Estadão.